- Fernando Ortega, director de Dosax, ofrece su testimonio sobre cómo la inteligencia artificial ha transformado la gestión inmobiliaria y legal, al eliminar la descalibración de datos entre áreas, anticipar riesgos financieros en tiempo real y redefinir el rol del abogado frente a la tomadora de decisiones.
Para actualizar el modelo financiero de un proyecto yo tenía que esperar. Esperar a que comercial reportara sus ventas, a que construcción reportara su avance y a que tramitología reportara los suyos. Esperar a todas las áreas, para luego esperar a que finanzas rehiciera los cálculos. Esos reportes salían cada mes, a veces cada trimestre. Para cuando la proyección estaba lista, describía un proyecto que ya no era el que yo tenía enfrente.
Durante años pensé que eso era lentitud, falta de gente o falta de actualización. Me equivoqué.
La información siempre existió. El administrador de ventas sabe cómo va su cobranza y te lo dice el mismo día; construcción conoce su avance. Lo que costaba no era la espera, sino el cruce: para cuando alguien juntaba los números, cada área traía información de una fecha distinta. Cruzábamos datos de tiempos diferentes y el resultado nacía obsoleto.
Casi toda la conversación sobre inteligencia artificial en este sector se quedó en automatizar tareas. Lo que casi nadie discute es lo otro: convertir los datos en información al día y disponible, con los escenarios de riesgo ya corridos y con propuestas de mejora sobre la mesa. Cuando alguien me dice: “yo siempre veo mi administración de ventas”, tiene razón. Lo que no veía —y yo tampoco— era cómo una cobranza baja aprieta el avance de obra, ni cómo ese apretón mueve las entregas y la cadena de suministro. El dato estaba; la cadena de efectos, no. Y cuando aparecían los síntomas, ya era tarde.
Hoy esa cadena se puede anticipar. Puedo preguntar cómo va la cobranza y, en la misma pregunta, saber qué le está haciendo eso a la obra y al crédito. La inteligencia artificial me quitó los muros entre información que siempre fue mía, y con eso aparecieron riesgos que antes no alcanzaba a ver.
Del archivo inalcanzable al abogado estratégico
Con los contratos pasa lo mismo. Yo firmo como representante legal y claro que me interesa saber qué estoy firmando. ¿Pero leía cada contrato con la concentración que merecía, o nada más lo leía? Para leer el 100 por ciento con esa atención hace falta gente dedicada a ello, y aun teniéndola, el sistema se vuelve lentísimo. Después pasa lo previsible: contratos vencidos que siguen vencidos porque nadie se dio cuenta, un contrato de venta donde ya no recuerdas a qué te comprometiste, o uno de servicios donde el alcance quedó escrito y de todos modos hay que ir a buscarlo. Tú estuviste en la negociación, tú lo firmaste, y aun así la información seguía siendo inalcanzable porque vivía archivada. Un contrato guardado también es un silo contra tu propio pasado.
Ahí cambia el trabajo del abogado, y cambia para bien. La conversación deja de ser una consulta donde el equipo legal va, lee y regresa con una opinión. Ahora llego leído, llego a proponer cambios y a discutir qué riesgo estamos tomando. El tiempo de un abogado vale más ahí que buscando qué decía la cláusula.
Por esa misma razón, en nuestra operación lo que se dispara desde un prompt es la lectura de un contrato, no la firma. Una cosa es tener la información de tu lado para decidir mejor y otra es abdicar, dejando que el sistema decida por ti. La inteligencia artificial me quitó trabajo repetitivo; no me quitó la responsabilidad de saber qué firmo ni de cuestionarlo.
Visibilidad total sobre lo que no controlamos
Cuando la casa corre así, queda a la vista lo que no controlas. Presupuestábamos un trámite ante dependencias en 6 meses y salía en 12; en el siguiente proyecto lo presupuestábamos en 12 para cubrirnos y salía en 8. El daño no está en cuánto tardan los trámites, sino en que no había forma de cuantificar qué le hace ese retraso al modelo.
Hoy se monitorea día con día lo que cuesta cada jornada de demora en ventas, cobranza y crédito; y al revés también: qué gana el proyecto cuando el permiso sale antes.
Es la parte del negocio que sigue en silos. Ahora que el resto se ve, se nota más.







