- La relación comercial agropecuaria entre México y Estados Unidos se ha consolidado como un eje estratégico binacional, caracterizado por un intercambio creciente de productos clave y una integración profunda de sus cadenas productivas, sin embargo persisten retos como medidas proteccionistas y tensiones arancelarias
La relación entre México y Estados Unidos ha sido históricamente uno de los pilares geoeconómicos del continente americano.
Más allá de la narrativa diplomática, lo cierto es que ambos países están profundamente integrados, especialmente en el comercio agropecuario.
Las cifras recientes lo confirman: tan solo en marzo de 2025, México exportó a su vecino del norte mercancías por más de 45 mil millones de dólares, mientras que importó poco más de 21 mil millones, generando un superávit comercial superior a los 24 mil millones.
El dinamismo de estados como Chihuahua, Ciudad de México y Nuevo León da muestra de la relevancia regional de este intercambio.
En el año fiscal 2024, el comercio agropecuario entre México y Estados Unidos alcanzó cifras históricas, consolidando a ambos países como socios estratégicos en este sector.
Las exportaciones agrícolas de EU a México sumaron aproximadamente 30 mil 300 millones de dólares, reflejando un crecimiento del 7 por ciento respecto al año previo, con productos clave como maíz, carne de cerdo, lácteos, soja y aves de corral.
Por su parte, México se mantuvo como el principal proveedor agropecuario para EU, con ventas estimadas en 47 mil 800 millones de dólares, un aumento cercano al 6.5 por ciento, impulsado por exportaciones de cerveza, tequila, frutas rojas, aguacates, tomates, pan y carne de res.
Este intercambio refleja una profunda integración comercial bilateral, destacando la diversidad y volumen de productos que fortalecen la relación económica entre ambas naciones en la región.
Uno de los hitos clave en esta relación fue la transición del TLCAN al T-MEC, vigente desde el 1 de julio de 2020. Este nuevo acuerdo modernizó aspectos esenciales del comercio internacional, eliminando trámites como el NAFTA Form 434 y promoviendo la digitalización aduanera, con beneficios directos para los pequeños productores agrícolas.
No obstante, el T-MEC no es estático: su revisión está calendarizada para el 1 de julio de 2026, fecha en la que los países deberán evaluar su funcionamiento y realizar los ajustes que exijan las circunstancias económicas y políticas del momento.
Los conflictos, sin embargo, no han desaparecido y cuando se cuentan con herramientas que pueden favorecer el comercio de un país, la preocupación de los comerciantes aumenta. Ejemplos como las medidas antidumping contra el tomate mexicano en los noventa o los recientes aranceles del 25 por ciento impuestos por Estados Unidos en 2025 evidencian la persistencia de tensiones proteccionistas.
Estos episodios generan incertidumbre en sectores productivos altamente integrados, como el agropecuario, y ponen en jaque las cadenas de suministro transfronterizas. Sin mencionar que los cambios en los tratados con la intención de aumentar la calidad de los productos también puede perjudicar al comercio.
Recordemos que en el año 2020, la pandemia por COVID-19 también golpeó duramente al campo mexicano, provocando escasez de fertilizantes e insumos esenciales.
En julio de ese año, la producción de fertilizantes nitrogenados cayó más de 32 por ciento, afectando directamente la rentabilidad de los cultivos.
A ello se suman factores estructurales, como el aumento sostenido del salario mínimo, que en la Zona Libre de la Frontera Norte pasó de $88.36 pesos en 2018 a $419.88 en 2025.
Aunque socialmente positiva, esta política ha incrementado los costos operativos, reduciendo la competitividad frente a países con mano de obra más económica.
“Crisis ganadera en la frontera: brote sanitario y sequía golpean al sector”
En mayo de 2025, se presentó un nuevo obstáculo para la relación comercial agropecuaria entre México y Estados Unidos: el cierre temporal de la frontera estadounidense a la importación de ganado mexicano debido a un brote del “gusano barrenador”.
Esta medida afecta a aproximadamente 150 mil cabezas de ganado, provocando pérdidas millonarias diarias y generando alarma sanitaria.
Hasta la fecha, se han confirmado más de 300 casos en animales y más de 10 en humanos, con varios pacientes hospitalizados.
En respuesta, el gobierno estadounidense ha invertido más de 21 millones de dólares en una planta productora de insectos estériles en México, buscando contener la plaga y poder reabrir el mercado.
Sin mencionar que la sequía en México ha afectado gravemente al sector, especialmente en estados del norte como Chihuahua, Coahuila, Durango y Sonora.
La escasez de agua y pasto ha reducido la disponibilidad de forraje, incrementado los costos de alimentación y provocado la pérdida de cabezas de ganado.
Muchos productores se han visto obligados a vender sus animales a precios bajos o abandonar la actividad.
La falta de lluvias también ha disminuido la recarga de mantos acuíferos y la producción de alimentos básicos para el ganado, generando una crisis que amenaza la sostenibilidad del sector a mediano plazo.
Hacia adelante, se perfila otro desafío: la posible reducción de la jornada laboral semanal de 48 a 40 horas.
Si bien esta reforma representa un avance en derechos laborales, también implica mayores costos para los empleadores del sector agrícola, con efectos potenciales en productividad y competitividad.
En conclusión, la relación comercial agropecuaria entre México y Estados Unidos enfrenta retos complejos pero no insalvables.
Los acuerdos institucionales, la adaptación tecnológica y la voluntad política de ambos países serán claves para sostener una integración que, a pesar de sus tropiezos, ha demostrado una notable capacidad de resiliencia.







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