- La autora analiza la transformación histórica del paisaje hídrico de la Ciudad de México, pasando de una red viva de ríos, canales y acequias a un sistema combinado de drenaje que unificó agua lluvia y residuos, convirtiendo al agua en un vehículo de desechos.
Hubo un tiempo en que la Ciudad de México era un mosaico de corrientes: ríos, canales y acequias recorrían la planicie como senderos líquidos que atravesaban el valle.
Por el Canal de la Viga viajaban verduras, flores y personas. Los pueblos de Xochimilco, Iztapalapa y Santa Anita se comunicaban por agua. La ciudad flotaba sobre su reflejo.
Pero ese paisaje lacustre se transformó de manera radical cuando, a finales del siglo XIX, ingenieros y funcionarios decidieron unir en una sola infraestructura lo que antes estaba separado: el agua de la lluvia y el agua del desecho.
La expansión del sistema combinado de drenaje borró las diferencias entre ríos, canales agrícolas y canales de desagüe, modificando las funciones y los sentidos del agua en la capital.
El sistema comenzó a funcionar en 1903. Su red subterránea conectaba 122 kilómetros de tuberías que conducían las aguas hacia el Gran Canal del Desagüe, una zanja monumental que expulsaba fuera del Valle de México las inmundicias: la orina y las excretas junto con todas las aguas residuales de los hogares, así como el exceso de lluvia.
De este modo, el agua quedó convertida en vehículo de los desechos.
El saneamiento vino a cambiar la geografía lacustre de la ciudad. Lo que hasta entonces había sido una red de vida —canales de transporte, zonas de cultivo, espacios de convivencia— se convirtió en un sistema de riesgo. Las corrientes a cielo abierto comenzaron a verse como focos de infección, lugares insalubres que debían mejorar su aspecto.
Fue entonces que sanear pasó a significar desalojar las aguas estancadas y los desechos fecales, así como ocultar las condiciones de insalubridad mediante la expulsión, el drenado y la conducción de todos los cuerpos de agua por considerarse ciénegas estancadas, malsanas, sin provecho.
De modo que sanear y desaguar quedaron materializadas y fusionadas con el esquema combinado de drenaje. Con la creación del Departamento del Distrito Federal en 1928, el Estado asumió el control absoluto de las obras hidráulicas. La nueva Ley de Planificación y Zonificación de 1933 incorporó dicho sistema al proyecto de modernización urbana.
La red mixta, además de una necesidad sanitaria, pasó a ser un instrumento de ordenamiento territorial. Enterrar los ríos y desecar los canales permitió trazar la capital, hacerla previsible, limpia, funcional.
Ese mismo año, el gobierno contrató un empréstito de 25 millones de pesos para financiar tres grandes frentes: abastecimiento de agua potable, ampliación del drenaje y pavimentación.
El pavimento era, en apariencia, una superficie inerte, pero en realidad se volvió una tecnología del orden que organizó la superficie urbana, definió el uso del espacio y fijó patrones de movilidad. Al cubrir los cauces, el cemento selló la historia acuática de la ciudad. Sobre los antiguos lechos fluviales aparecieron avenidas como Río de la Piedad, Río Mixcoac o Río Churubusco: nombres que conservaron la memoria de lo que ya no se veía.
El discurso higienista dio sustento moral a este proceso. Con el argumento de una ciudad saludable, se afirmó el vínculo entre limpieza y sequedad, entre progreso y cemento. La pavimentación y la canalización compartían un mismo ideal: eliminar lo irregular, lo húmedo, lo rural. Las prácticas agrícolas, los paseos en trajinera y la vida lacustre quedaron fuera del horizonte de la modernidad. Lo que se enterró fue el recurso, pero también viejas costumbres y prácticas de antaño.
Durante los años cincuenta y sesenta, el sistema combinado alcanzó su máximo desarrollo con la construcción del Emisor Poniente y, más tarde, del Emisor Central, inaugurado en 1975. El gobierno federal anunció entonces el encajonamiento total de los ríos de la ciudad. Se decretó el final del agua visible. La metrópoli se cerró sobre su subsuelo técnico, un cuerpo atravesado por tubos, colectores y bombas que seguían moviendo, bajo tierra, el pulso de un antiguo lago.
El efecto fue doble: por un lado, la ciudad se creyó emancipada de su geografía hídrica; por otro, perdió la capacidad de reconocerla. Al desvanecerse las fronteras entre ríos, canales y drenajes, también se disolvió la memoria del agua como paisaje, como recurso y como símbolo. Lo que alguna vez fue el sistema de ríos y canales quedó convertido en una infraestructura de expulsión.
El sistema combinado mezcló corrientes y significados, entrelazando ideas de higiene, modernización y control estatal. La planificación urbana se articuló con una política del subsuelo que subordinó la naturaleza a la racionalidad técnica. La capital moderna, según los ingenieros decimonónicos, se comportaba como el sistema circulatorio: acueductos para introducir lo limpio, alcantarillas para evacuar lo impuro.
En esa metáfora se estableció un modo de gobernar.
Hoy, cuando se habla de recuperar los ríos ocultos o de captar el agua de lluvia, se vuelve necesario recordar esta historia. La integración que definió al modelo combinado sigue operando en las tuberías y en la forma en que interpretamos el agua durante las inundaciones: como un problema que hay que desalojar.
Sin embargo, el reciente interés por restaurar los cauces urbanos muestra que este pasado está abierto. El entubamiento permanece en debate y abre caminos para pensar el agua como base de futuros posibles.
Referencias:
- Para una exposición detallada de este proceso, así como de sus debates técnicos y políticos, pueden consultarse los trabajos que sustentan este artículo. Soto Coloballes, N. V. (en prensa).
- Gobernar las aguas, gestionar la ciudad: Entubamiento de ríos y canales en la Ciudad de México (1900–1975) en HALAC. Y Soto Coloballes, N. V. (en prensa).
- Sanear y desaguar: Controversias tecnológicas y políticas en torno al sistema combinado de drenaje, 1885–1905.







