- La autora plantea que la crisis ambiental actual va más allá de problemas ecológicos visibles como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, sino que también es una crisis del conocimiento
La crisis ambiental que enfrentamos hoy no se reduce a los problemas ecológicos visibles, como el cambio climático o la pérdida de biodiversidad; es también una crisis del conocimiento, que nos lleva a cuestionar cómo hemos comprendido, estudiado, interpretado y gestionado la naturaleza.
Es necesario destacar que el estudio científico de la naturaleza se fundamenta en al menos dos ideas clave: la primera, la posibilidad de explotar los recursos naturales en función de las necesidades humanas; y la segunda, la concepción de la “civilización occidental” como superior.
Lo que ha dado lugar a una visión de la naturaleza dividida en elementos independientes, fijos, cuantificables y evaluables, apartados de quienes los investigan.
La percepción de que la naturaleza existe como una entidad fuera de la sociedad, la cultura, el tiempo y la historia es algo relativamente reciente, vinculado con la modernidad.
Fue durante la Revolución Científica cuando se estableció una visión mecanicista de la naturaleza, marcando un giro hacia una lógica basada en hechos, dejando atrás el misticismo de la Edad Media.
Esta visión posicionó al ser humano como superior al resto de las especies, transformando la naturaleza en una serie de objetos a clasificar, medir y, en última instancia, explotar. La razón moderna terminó por reducir la naturaleza a simples medios para cumplir fines humanos, quitándole su significado sagrado.
El ser humano (hombre occidental, blanco), comenzó a verse a sí mismo como “centro del cosmos” y de todos los intereses. La naturaleza y el universo fueron interpretados como una máquina que se podía entender, manipular y poner a disposición del progreso humano.
Esto impulsó de alguna manera la Revolución Industrial, que reestructuró el mundo y profundizó la separación entre naturaleza y sociedad, fomentando ideas como el progreso ilimitado y el individualismo.
Durante este período, el avance tecnológico y la mecanización facilitaron un desarrollo acelerado sin atención a las consecuencias a largo plazo. La conversión de la naturaleza en un recurso infinito alcanzó una nueva escala. Así, la naturaleza dejó de ser una fuente de vida para convertirse en un recurso inagotable.
En este contexto, la ciencia se fragmentó aún más.
En el siglo XIX, la ciencia se segmentó en disciplinas especializadas, impulsadas por las necesidades industriales y del estado-nación. Esta fragmentación condujo a la creación de las universidades modernas, orientadas a formar técnicos y expertos en áreas específicas, alineándose con los intereses del mercado. De esta manera, el conocimiento unificado fue sustituido por una educación técnica y aplicada, centrada en resolver problemas concretos sin tener en cuenta las interrelaciones ambientales y sociales.
Este proceso de especialización, si bien ha facilitado innovaciones, ha dificultado una visión integral de los problemas que surgen a nivel ambiental y social.
Las ciencias, en este proceso, han traído tanto avances como riesgos. Aunque los logros científicos han aportado beneficios evidentes para la humanidad —como la píldora anticonceptiva, el desarrollo de materiales plásticos o la energía nuclear— estos mismos logros han generado riesgos y amenazas para el medio ambiente.
El cambio climático, por ejemplo, es consecuencia directa de la actividad industrial sin freno y de un desarrollo impulsado por la ciencia moderna. Así, la ciencia, en su afán de progreso y crecimiento ilimitado, se ha convertido también en una de las fuerzas detrás de la crisis ecológica actual.
Si deseas profundizar en el tema, consulta: “La ciencia, la universidad y la crisis ambiental en el siglo XXI”, Revista de la Educación Superior, 51(203): 1-14. http://resu.anuies.mx/ojs/index.php/resu/article/view/2215.






